Una utopía y una distopía sobre la mente

“No porque sea imposible de encontrar en la naturaleza un hombre semejante no es por ello menos valioso el trabajo del artista que esculpe en el mármol la belleza de un hombre perfecto” (Platón, La República)

Muchos estudiosos de la literatura, entre ellos, Fernando Ángel Moreno dicen que hemos perdido la utopía frente a la abundancia de relatos distópicos sobre el futuro. En mi caso los relatos distópicos de Mentes Colmena han sido el detonante de su reverso utópico. Escribirlos me dejó desazonada, y a pesar de que Santiago Tamarón, sugiere con elegancia que consigo mantener el sentido del humor junto a mi relato sombrío sobre el futuro, me vino el impulso de imaginar posibles derivas más positivas de los mismos avances neurocientíficos que sustentan el worldbuiding de mi colección de relatos sobre el futuro, la mente y la memoria. 

Mentes Colmena, el relato que da título a la colección trata sobre  la creación de una inmensa base de datos con todas las memorias de la humanidad en un vivero de organoides cerebrales; Placenta y la Hijas de Nix tratan de hijas artificiales y madres tristes; Eutanasia espacial y Sobran muchas horas de vida de las consecuencias feas de vivir demasiado tiempo;  Memorias de un Cíborg de la telepatía y del Alzheimer; Poda neuronal de la manipulación neurológica y el borrado de memorias. La cosa me pintaba algo triste y me decidí a escribir como contrapartida un artículo en clave de ensayo-ficción sobre el futuro de la neurociencia al que he llamado De Descartes a Mary Shelley que he publicado en este libro colectivo sobre la Utopía

TECNOFUTUROS 2020 – UTOPÍA

Empezaré por Mary Shelley porque ella fue la primera en explotar las consecuencias negativas que la tecnología podía tener sobre nosotros, aunque no se adentrara a regenerar en el laboratorio una consciencia a cachitos y tuviese que confirmarse con el galvanismo -el único material que le proporcionaba la ciencia de su tiempo. Pero ella nos advirtió de que la máquina podría revelarse contra el hombre. Ella representa como nadie la distopía. Y frente a ella he elegido a Descartes, con su glándula pineal, como representante de la utopía de pensar que podemos desenredar por completo la explicación de lo que es la mente, el alma, o la consciencia. Elijan cómo prefieren llamar a la cosa.

Mi utopía se acerca a la utopía transhumanista -una de las grandes utopías del momento-, pero atiende únicamente al mejoramiento neurológico (los trasplantes con ojos de rapaz que aparecen en Halcones se quedan fuera). La reflexión sobre el transhumanisno nos lleva a preguntarnos sobre lo que es la consciencia. En mi opinión, preguntarse por la consciencia es una pregunta genuinamente filosófica, aunque no es una pregunta que esté solo en manos de los filósofos de la mente, también los neurólogos y los psicólogos llevan siglos haciéndose la misma pregunta, que, como muchas, o tal vez todas las preguntas filosóficas, no tiene respuesta. Porque a la filosofía le pasa un poco lo que a la utopía: que es un camino sin fin, y sin embargo nos ilumina. Hacernos esas preguntas nos ayuda a comprender el mundo y a nosotros dentro.

El transhumanismo es la creencia de que podemos biomejorarnos eternamente y uno de sus mitos importantes es la idea de que podemos salvaguardar nuestro yo, o nuestra consciencia, en algún sustrato físico o biológico y recuperarlo eternamente. En  La Copia, me pregunté si la cosa, llegada su posibilidad, sería tan sencilla como volcar la memoria de un sujeto a otro, e intenté ver en qué lugar podría perderse la identidad dentro de ese proceso, usando el amor como espejo. Pero en mi neurotopía simplemente intento preguntarme si esto puede llegar a ser posible y qué tipo de cosas tendrían que pasar antes para que esto sucediese, sin anticipar que nada malo pueda seguirse de ello, al contrario, haciendo de ese poder algo bueno para la especie humana.

Dualismos, monismos y emergentismos

Volvamos a Descartes que creyó que la mente era totalmente independiente del cuerpo fuera de toda la ley física y que sin embargo ejercía poder sobre el cuerpo a través de la glándula pineal con lo que sentó las bases del dualismo mente-cuerpo que ha dominado la filosofía de la mente hasta el siglo XIX. 

En el siglo XIX, Theodule-Armand Ribot, un filosofo y psicólogo francés, sostuvo que la ciencia médica había probado la reducción del espíritu en forma de memoria a una región concreta del cerebro como reacción al positivismo que defendía que el único conocimiento era el científico. El espiritualista Henri Bergson luchó por demostrar que el ser humano no se podía reducir a la naturaleza y como solución estableció la predominancia del espíritu. De uno u otro corte a ambas posturas les llamamos monismos, porque solo una cosa prevalece: la mente o la materia.

Más tarde, un neurocirujano Wilder Penfield, famoso por el órgano de estados de ánimo que aparece en Blade Runner, creyó haber probado que los estados mentales eran independientes de las sensaciones al demostrar que es posible evocar espontáneamente estados mentales puros como perdida de memoria, angustia, o déjà vu sin presencia de ningún estimulo sensorial, y eso lo tomó como una prueba positiva de que estos estados surgen de mecanismos cerebrales básicos.

Mood Organ

En el momento actual junto a la teoría de la identidad y la funcionalista, una de las tendencias de la filosofía de la mente es el emergentismo que viene a constituir un nuevo materialismo neurológico que describe la conciencia en términos de procesos físicos como la actividad neuronal del cerebro.  Un destacado neurocientífico Jackson Putnam ha argumentado contra el dualismo mente-cuerpo diciendo que los mismos estados mentales pueden ser producidos por distintos estados físicos en diferentes especies. Es decir que los robots podrían tener exactamente las mismas sensaciones que nosotros, aunque tengan un cerebro diferente, una neuroquímica diferente, o, dicho de otra forma, que si el cerebro es una emergencia de la evolución nada impide que también emerja en otros seres fabricados artificialmente.

Pero paradójicamente, a medida que conocemos más cómo funciona el cerebro, la realidad parece deshacerse como una de sus ilusiones. Y cuanto más nos acercamos al objetivo, más que nunca la comunidad de neurocientíficos y filósofos de la mente, debate sobre si eso que llamamos la conciencia es o no es una simulación. Por ejemplo, el filosofo cognitivo Daniel Dennett es uno de los que sostienen que la conciencia es una ilusión que surge de nuestros mecanismos cerebrales subyacentes.  También en el campo de los expertos en la Inteligencia Artificial, Nick Bostrom ha llegado a la conclusión de que podríamos llegar a ser capaces de crear un número casi infinito de simulaciones cuánticas cerebrales.

O podría ser, como sostiene el reciente Nobel Roger Penrose -contrario al punto de vista de los defensores de la IA fuerte que parten de la presunción de que el cerebro es una computadora digital-, que en nuestra conciencia subyaciese algún fenómeno de naturaleza cuántica que nos imposibilitase entender el fenómeno de la conciencia con la física actual.

Por escapar de este galimatías tan inspirador y variado, mi punto de partida es que es imposible explicar lo que es la consciencia con la consciencia, pero que tampoco eso debe preocuparnos demasiado porque sin duda hay indicios que indican que podemos lograr muchas cosas que nos harán la vida más fácil. Los neurocientíficos en general son optimistas.

El novum neurocientífico actual

Si definimos novum en el sentido que el termino toma en la ciencia ficción, en palabras de Francisco Moreno como: “el elemento novedoso que, sin embargo, reconocemos como una posibilidad cierta dentro de nuestro universo sin necesidad de recurrir a elementos sobrenaturales”. La hipótesis dominante, el novum neurocientífico actual, parece ser que con más desarrollo científico podemos comprender por completo la naturaleza del cerebro, y de ahí seremos capaces de extraer el conocimiento de cómo funciona nuestra conciencia.

¿Pero cómo crea la mente la representación de una manzana?. Esa es una de las cosas que se intentan resolver con el Proyecto Brain, que intenta mapear todo el cerebro.  Además, las BMI, CBI, B2B (Brain Machine Interface, Brain Interface y Brain 2 Brain) son tendencia e Internet está lleno de experimentos con sintetizadores de voz, extremidades robóticas controladas por el cerebro y ratones de ordenador controlados con la única fuerza de la mente. Elon Musk, por ejemplo, está haciendo una fuerte apuesta con su proyecto Neuralink para introducir (tal vez diríamos mejor clavar) en nuestra corteza cerebral montones de electrodos para detectar una gran parte de la actividad eléctrica de las neuronas: su potencial de acción. 

Todos estos desarrollos pueden parecer espectaculares, pero opino que palidecen ante son los trabajos con los organoides cerebrales: mini-cerebros del tamaño de un guisante creado a partir de células madre animales (a los lectores de mi relato Memorias de un Cíborg puede que esto les traiga algo a la cabeza). 

Organoide cerebral creado en el laboratorio

Otra dimensión para el apoyo de esa posible neuroutopía que intento establecer, es la telepatía como base de la comunicación y potenciación entre dos mentes diferentes, aún a sabiendas de que a cualquier neurólogo al que se le hable del tema hoy (y lo he comprobado) se echará simplemente las manos a la cabeza y lo acusará de pseudo-ciencia. Pero yo estoy dispuesta a considerar la telepatía parte del novum a juzgar por algunos experimentos entre monos a base de BMI, en los que un mono controla el miembro paralizado de otro mono, por débil que sea este tipo de telepatía, o los incipientes ensayos en los que se ha conseguido que una persona adivine que otra está pensando exactamente en la palabra “Hola”. Y sí, ya sé que de ahí al pensamiento hay un largo trecho.

Por resumir, podría decirse, solo dándose una vuelta por Internet, que en los inicios del siglo XXI nos estamos envalentonando respecto al objetivo de conocer la conciencia. Porque hasta hace muy poco, y aunque pudiésemos lógicamente pensar en describir la conciencia en términos materiales, no podíamos aspirar a tal hazaña, dada nuestra ignorancia científica sobre el cerebro. Pero ahora, por lo que parece, tal vez estamos mucho mas cerca que nunca de explicarnos cómo se producen nuestras sensaciones, emociones y recuerdos.

Una utopía moderna e imperfecta

¿Si la neurociencia y la tecnología siguen avanzando, conseguiremos conocer perfectamente el funcionamiento del cerebro y nos llevará este conocimiento a explicarnos lo que es la conciencia?  ¿Seremos capaces de extender nuestra capacidad de procesamiento con memorias biológicas o artificiales, telepatía y alcanzar la mente colmena poderosa que nos permita comprender perfectamente la naturaleza y el mundo en qué vivimos? ¿Lograremos salvaguardar nuestra memoria en algún sustrato y que nuestra mente viva eternamente?

En el artículo intento es dar algunas pistas de cuáles de esos futuros son mas probables en base al conocimiento científico que tenemos hoy, plausibles que tal vez podrían suceder y posibles, aquellos sobre los que tenemos bastantes dudas que sucedan, y los ordeno en una secuencia temporal. Desde mi plataforma reconocidamente especulativa y utópica, estaría bastante a favor de situar el primer objetivo en el terreno de lo posible y a pensar que el camino para construir la mente colmena tal vez se extienda de aquí a la eternidad. Pero en ese camino, habremos alcanzado muchos de los hitos de mi utopía: trasplantes cerebrales, tejido cerebral de calidad en el laboratorio, y alguna forma de telepatía y pensamiento colectivo (más allá de la que ya tenemos y a la que llamamos lenguaje).

Una utopía provocada por el deseo utópico 

A diferencia de las grandes utopías del Renacimiento, mi planteamiento útopico es moderno, imperfecto. Mi utopía lleva dentro de sí misma el germen de su propia contradicción como explica Francisco Martorell en Soñar de Otro Modo que son las utopías modernas.

Por terminar, decir que la utopía además de ser un genero literario es un modo de pensamiento: el pensamiento utópico, pero también podemos hablar de un deseo utópico que nace de la insatisfacción frente al presente, en mi caso frente a un futuro avistado en una colección de relatos y busca una transformación. 

Asustada como Víctor Frankestein ante mi criatura literaria le he dado a la imaginación un espacio alternativo sirviéndome de ese genero literario y creativo que es la utopía.

Sabiendo que toda utopía es un camino sin fin, pero también una forma de crear la realidad.            

        

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