Ciencia ficción para lectores románticos ❤️

Pronuncia sin parar el nombre de Amalia y no deja de llorar. No sirve de nada que le rescate recuerdos si no puedo hacer que deje de llorar. Yo también tengo ganas de llorar. He atravesado la zona rugosa de los recuerdos escondidos y he encontrado un lugar en el que aparece el nombre de ella: Amalia, primera cíborg diseñada con capacidad reproductiva – Memorias de un Cíborg

Sí, el Marqués de Tamarón está en lo cierto al decir que Mentes Colmena es una distopía de tono sombrío. Sí, Paco Jariego también está en lo cierto cuando escribe que los relatos están unidos por la búsqueda de la identidad «En todos los cuentos hay siempre un lugar hasta el que se desea llegar, en el que se quiere penetrar a cualquier precio, o un lugar odioso del que se desea huir: un planeta, una ciudad, una cárcel, una reserva, una mente» Sí, Paco Traver describe los relatos como un rodeo alrededor del cerebro. Pero, sin embargo, si solo pudiese elegir una palabra clave creo que diría que es una colección de relatos de Ciencia Ficción Romántica, espero que los siguientes fragmentos sirvan para convenceros de que tal cosa que mi amigo Johan Paz llama #HumanCIFI existe….o existirá….

“Me quedé sola, envuelta en su olor que impregnaba toda la casa, acariciando la cabeza de Matus que lloraba a la puerta del simulador. Deambulé de arriba abajo, seguida por el perro, mirando todas las cosas. Tocando todas las cosas. Sus cosas. La parca rusa. Nuestras cosas. Los botes de pintura. Los cuadros. Las tazas. Su taza. No podía llorar. ¿Por qué no podía llorar? Tenía sed. Una sed enorme y seca. Profunda. Y me preparé una infusión de semillas de opio”.

—La Copia

Una sigrofonte vieja me explicó lo que ocurrió cuando Betelgeuse descubrió que Sintauro planeaba desafiar su poder y huir con los sigrofontes del planetoide hacia los planetas cálidos. Entonces la princesa desató su ira y mandó venir a los seres invisibles de la galaxia, que convirtieron en hielo la mayor parte del planeta. Muchos de los nuestros murieron congelados; se les ennegrecían las yemas de los dedos y después las pestañas, y el corazón se volvía una bomba de acero que les estallaba la sangre. Pero Sintauro resistió el frío y la esperó a la entrada de la ciudad elevada, con la espada de plata y el escudo de la foca del reino de los sigrofontes, al pie de la montaña de la luna de Caronte. Cuando la princesa llegó, como una estrella a punto de estallar, mandó alejarse a los soldados invisibles y se enfrentó ella sola a Sintauro. Dicen que estuvieron luchando durante cuatro noches y cuatro días en la montaña de la luna, y que durante ese tiempo todo estuvo oscuro, y el silencio cubrió por completo las praderas heladas de Nix; y que solo se oía el silbido metálico de sus espadas de plata. A veces, el rugido de Betelgeuse seguido de un largo gemido de Sintauro. A veces un largo silencio, una luz roja iluminando el planeta. Después, otra vez el sonido de la lucha interminable. Al cabo de los cuatro días, la princesa volvió de la montaña de la Luna; su capa de terciopelo, negra de la sangre de Sintauro. Volvió ciega porque ella misma se había arrancado los ojos para olvidar el rostro muerto de Sintauro y se encerró con su más fiel sirvienta en algún lugar del planeta que nunca nadie ha podido descubrir. 

—Hielo

En la ciudad apenas quedan mujeres después de la tormenta de arena, pero Shyraz se desliza entre las mesas del bar como una princesa persa, con la desgastada abaya negra que conserva un bordado de hilo de plata que le desciende por su cuello de cigüeña y por las mangas infinitas, rodeándole las caderas… Esa noche hablan sin que él deje de mirarle el lunar que tiene en la mejilla izquierda, grande como un grano de arroz. Ella le habla de la última terraza de la torre, donde se practica el salto, y Ugo se asoma a la ventana para ver a los locos del bungee jump balancearse sujetos por una cuerda mientras ella se desliza entre las mesas con su aire de princesa persa, sirviendo cerveza y ginebra como si distribuyese un elixir sagrado.

Bungee Jump

Tobías, un ángel imprevisto, como los guardianes que vigilan la montaña y rescatan a los que se pierden, con el termo de aguardiente, las mantas. Estaba allí esa tarde en el muelle, y ella se dejó envolver. Otra vez. Otra vez. Otra vez. Nadie debe dejarse atrapar tantas veces en relaciones idénticas a otras. Sentía que se hundía en el túnel de una vida demasiado larga, cansada de luchar contra las alertas de la cámara espía, mutada tras rostros y cuerpos diferentes que no se parecían en nada a Olivia.

—150-35

https://www.bubok.es/libros/265891/MENTES-COLMENA

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